Las historias de abuso sexual en los ámbitos deportivos son un tema tabú del que se habla poco y en forma sesgada. Por eso, a principios de octubre el Comité Olímpico Internacional (COI) organizó un encuentro en la ciudad de Lausana, Suiza, para que un grupo de especialistas en el deporte analizara el asunto.
La entrenadora mexicana Charlotte Bradley presentó ahí su investigación Abuso en el deporte, cuyos resultados son, por decir lo menos, de escándalo...
La asociación civil Deporte, Mujer y Salud (Demusa) aplicó un cuestionario a 150 atletas nacionales el año pasado para conocer su opinión acerca del acoso y los abusos sexuales en la comunidad de corredores y maratonistas del país. El sondeo arrojó resultados hasta entonces desconocidos en México: 71% de los 150 atletas consultados reveló que alguna vez fue víctima de conductas de ese tipo o conoce personas que también lo fueron.
La entrenadora mexicana Charlotte Bradley Reus, presidenta de Demusa, explica que quienes respondieron las preguntas “nos confiaban que un primo, un amigo o un conocido había sido víctima, pero les veías la expresión de que podían ser ellos mismos. Veíamos que habían vivido algo muy fuerte”.
Bradley, economista por la UNAM y periodista graduada en la Universidad de Maryland, cuenta que las integrantes de Demusa elaboraron un cuestionario sencillo y acudieron a gimnasios y lugares públicos donde se reúnen los corredores para hacerles las preguntas. Fueron 15 los hombres entrevistados, dice, algunos de los cuales expresaron su opinión de manera anónima.
“Los atletas seleccionados iban desde los de alto rendimiento hasta los aficionados. Los buscamos en los lugares donde les entregan sus números para un maratón o después de haber participado en una competencia. Lo hicimos con mujeres y hombres –10% de la muestra–. Pensamos que con ellos iba a haber rechazo, pero fueron quienes más se entusiasmaron al contar sus historias”, dice la presidenta de Demusa.
En 67% de los casos, los encuestados dijeron que el victimario era el propio entrenador y 92% reveló que la agresión había ocurrido dentro de una instalación deportiva.
En su respuesta a la pregunta sobre el perfil del agresor, 60% de los hombres caracterizó a su victimario como autoritario y amenazador; en tanto que 82% de las mujeres lo calificó de carismático y generoso.
Abunda Bradley: “Los entrenadores que acosan y abusan sexualmente de sus alumnos seducen primero a los papás. Ganada la confianza de los progenitores, los hijos difícilmente se atreven a denunciar, lo que deja impunes a los violadores”.
El encuentro de Lausana
El mes pasado, Bradley fue invitada a Lausana, Suiza, por el Comité Olímpico Internacional (COI) a una reunión donde habló acerca de su investigación, Abuso en el deporte, que condensó en 87 páginas.
A finales de noviembre se dará a conocer el documento de ese encuentro de Lausana, en cuya redacción final ella colaboró. “Estuvimos trabajando con Arne Ljungqvist, presidente de la comisión médica del COI –dice–, y te puedo decir que por primera vez vimos que no tomaban el tema a la ligera, que no lo trivializaron”.
Bradley explica que en comparación con otros documentos, el que dará a conocer el COI es más profundo porque considera casos que nadie había abordado antes.
Y adelanta que en ese reporte, por ejemplo, se mencionan las famosas iniciaciones y novatadas a los atletas en las escuelas o centros de entrenamiento, prácticas que se prestan para cometer abusos sexuales contra los deportistas de nuevo ingreso. Ahí, los miembros se comportan como cofradía y manejan códigos de secrecía.
“Se tienen documentados casos en Estados Unidos, sobre todo en futbol americano. En Canadá, los acosos se dan en los equipos de hockey y en el futbol femenil. Este tema nunca se había mencionado”, dice Bradley.
Lo positivo de ese encuentro de Lausana es que el COI acordó que cada país podrá adaptar el contenido del documento a sus circunstancias, tiene claro que deben ser los organismos del deporte los que manejen la problemática de los abusos sexuales y sólo pide que lo hagan acertadamente.
Sin embargo, Bradley se pregunta: ¿en manos de quién está la justicia deportiva en México? Si el COI pone sus lineamientos, entonces que el COM (Comité Olímpico Mexicano) asuma su responsabilidad”.
Como atleta, Charlotte Bradley fue triple campeona en las pruebas de 800, mil 500 y 3 mil metros en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1977, además posee varios récords nacionales. En los setenta conoció decenas de casos de acoso y abuso sexual en el deporte.
“Me animé a escribir el libro por los casos de las clavadistas, pero desde antes estaba investigando. Este sexenio, en la Conade (Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte), nos cerraron las puertas, espero que en el próximo todo sea diferente. Confío en que el COI no tenga los ojos cerrados, el doctor Ljungqvist nos hizo sentir satisfechos a los participantes en Lausana. Percibimos que hay compromiso y convicción sobre el acoso y abuso sexual, que ya merecía una respuesta”.
Antes no era así, dice, y recuerda como Juan Antonio Samaranch, presidente del COI de 1980 al 2001, “le sacó la vuelta al tema”.
Tres casos nacionales
En los casos de las clavadistas nacionales Azul Almazán, Cristina Millán y Laura Sánchez, asegura Bradley, “no hubo más remedio que hacerlos públicos porque quienes debían sancionar al entrenador Francisco Rueda lo solaparon, eso tenía que parar. La Comisión de Apelación y Arbitraje Deportivo (CAAD) tiene que ser un verdadero órgano de justicia. Se deben dar las condiciones para que los afectados denuncien y sean escuchados”.
En 2001, Proceso publicó el reportaje Yo acuso, en el que la clavadista olímpica Azul Almazán acusó de “terrorismo psicológico y abuso de poder” a su entrenador Francisco Rueda; aunque no habló de acoso o abuso sexual, sí denunció que Rueda acostumbraba darles masaje a sus alumnas con el traje de baño bajado hasta la cintura.
Las revelaciones de Almazán sirvieron para que la entonces Comisión Reorganizadora de la Federación Mexicana de Natación integrara una Comisión de Honor y Justicia que –a pesar de los antecedentes y las pruebas aportadas por los denunciantes– exoneró al entrenador. Esa situación provocó que otra exclavadista, Cristina Millán, confesara que ella sí había sido acosada sexualmente por Rueda.
A pesar de que Millán era una de las mejores clavadistas mexicanas, perdió en tres ocasiones la oportunidad de asistir a unos Juegos Olímpicos. Fue relegada por su propio entrenador, quien, después de habérsele insinuado en varias ocasiones y pedido de manera directa que fuera su amante, fue rechazado por Millán.
Proceso publicó en su edición 1301 el reportaje Más mugre en los clavados, en el que informó sobre cómo el equipo nacional de clavados –dirigido por los hermanos Jorge y Francisco Rueda– estaba lleno de historias de acoso y abuso sexual. Varios deportistas –hombres y mujeres– se habían ido de México o abandonado sus actividades por los hostigamientos físicos, mentales o sexuales que habían sufrido por parte de Francisco.
En mayo de 2004, en vísperas de los Juegos Olímpicos de Atenas, Proceso entrevistó a la señora Rosario Soto, madre de la clavadista Laura Sánchez, quien reveló que su hija había sido abusada sexualmente desde los 15 años no sólo por Francisco Rueda, sino por la esposa de éste, Jessica Ayala.
En el texto No voy a llorar (Proceso, 1438), la señora Soto contó las conductas extrañas en su hija, lo que la llevó a revisar tres diarios personales de Laura en los que leyó todos los abusos de los cuales fue objeto y que la atleta soportaba como condición para ser incluida en el equipo que participaría en la justa veraniega de Atenas 2004.
Nuevamente se formó una Comisión de Honor y Justicia que, por fin, sancionó a Rueda, quien fue expulsado por tiempo indefinido del deporte nacional. A pesar del castigo, Francisco Rueda insistió en seguir entrenando a los clavadistas Laura Sánchez –quien siguió a su lado–, Rommel Pacheco y Paola Espinosa, quienes terminaron por separarse de él.
Rueda persuadió a Laura Sánchez para que abandonara a su familia y juntos comenzaron a deambular por las albercas de México, hasta que el gobierno de Veracruz, que encabeza Fidel Herrera, los cobijó, a pesar de que la Federación Mexicana de Natación le recordó al mandatario el castigo que pesa sobre Rueda por las agresiones sexuales a menores de edad.
Aunque la familia Sánchez Soto denunció en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal al entrenador Francisco Rueda, el juicio sigue abierto.