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 ANÁLISIS - Benilde Vázquez

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II. MUJER Y DEPORTE: UNA RELACIÓN NO MUY BIEN AVENIDA

A lo largo del Siglo XX, sobre todo en el último tercio y en España en la última década, los análisis que se vinieron haciendo sobre la relación deporte?mujer se centraron principalmente en la identificación de los obstáculos que un mundo concebido básicamente por los hombres y para los hombres, como es el mundo deportivo, se imponían ante las mujeres.

Estos obstáculos provenían de la propia estructura del mundo deportivo y de sus exigencias , y también de la consideración y el rol que tradicionalmente se atribuía a las mujeres en la sociedad. El mundo estaba organizado de forma binaria: hombre?mujer con funciones muy precisas para cada sexo. El rechazo a la participación de las mujeres en el deporte se fundaba en una serie de mitos muy conocidos: el deporte masculiniza a las mujeres; el deporte es peligroso para la salud de las mujeres (básicamente la salud reproductiva); las mujeres no tienen capacidades para la práctica deportiva; las mujeres no tienen interés en el deporte.

Estos mitos han ido cayendo por la fuerza de los hechos, como comprobaremos a continuación.

Es posible que estos mitos no fueran más que simples coartadas masculinas que encubrían otros intereses. Así, Blanchard y Chesca (1986), antropólogas americanas, sostienen que el deporte moderno puede interpretarse como un modelo de poder en el ámbito "homo-social". El deporte determina las relaciones de poder entre competidores, de ahí que el concepto de jerarquía se haya convertido en la piedra angular del "ethos" deportivo. Históricamente la mujer no era contemplada como competidora dada su inferioridad social y carencia de poder. Dicho de otra manera, para un hombre competir con una mujer era rebajar su estatus y autoestima. Hay datos suficientes en la historia para poder afirmar que los éxitos alcanzados por las mujeres pocas veces fueron reconocidos por el mundo masculino como verdaderos éxitos comparables a los suyos. Evidentemente, el mundo deportivo tampoco ha escapado a este hecho.

El acceso de la mujer al deporte fue lento y su participación ha ido cambiando a medida que ha cambiado su rol social. El camino fue lento y difícil, y hay que agradecer a varias asociaciones de mujeres y, por supuesto, a todo el movimiento feminista la lucha permanente por acceder al deporte, sobre todo al deporte competitivo, que era el modelo dominante hasta mediados del siglo XX. Las mujeres lo tenían todo en contra: el propio mundo deportivo, como ya he señalado, pero también el pensamiento cultural y científico, el pensamiento religioso, etc. Como ejemplo quiero citar un artículo de uno de nuestros más prestigiosos médicos y humanistas, Gregorio Marañón ("Sexo, trabajo y deporte") publicado en 1926 y en el que considera que el deporte es una tarea natural en el hombre como lo es el trabajo, pero no en la mujer; es decir, para Marañón el deporte tiene una significación biológica ligada a la acción propia del sexo masculino, pero en las mujeres carece de ella:

"...la mujer corriente pasa por los deportes como un meteoro, mientras es soltera o no la ocupan demasiado los cuidados de la maternidad. Entonces, la feminidad verdadera se impone y la mujer deja los hábitos deportistas, que son tan varoniles en el sentido de la actividad como en el de la indumentaria..."

Como ya señalara J.M. Cagigal (1981), la mujer, relegada a la vida familiar y hogareña, no se incorporó igual que el hombre a los cambios acontecidos durante la instauración de la sociedad industrial, entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, momento también de la consolidación del deporte moderno. Una frase de Julián Marías (1980) recoge muy bien la situación de las mujeres en gran parte de esta época:

"Los hombres podían hacer cualquier cosa que no estuviera prohibida, pero la mujer no podía hacer más que lo que le expresamente estaba autorizada".

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